Centro de Resiliencia de Aranjuez

Análisis y recursos eco-sociales de adaptación para la transición del siglo XXI

Simplicidad radical y la clase media – explorando las implicaciones del “Gran Colapso” en nuestros estilos de vida


by Dr Samuel Alexander, co-director de Simplicity Institute y profesor asociado en Office for Environmental Programs, University of Melbourne, publicado en permaculturenews.org con fecha 28 de Septiembre de 2012. (versión original aquí)

Traducido por Gabriela Vázquez, publicado en el blog de Antonio Turiel crashoil.blogspot.com.es/ con fecha 30 de Noviembre de 2012.

Post Simplicidad radical

Uno de los muchos “Hoovervilles” durante la Gran Depresión

1. Introducción

¿Cómo llevaría el consumidor medio – debería decir ciudadano de clase media – cambiar a un estilo de vida de simplicidad radical? Por simplicidad radical quiero decir, básicamente, un nivel de vida muy bajo pero biofísicamente suficiente, una forma de vida que describiré a continuación en más detalle. En este ensayo quiero dar a entender que la simplicidad radical no tendría por qué ser tan mala como parece, si estuviésemos preparados para ella y hubiésemos previsto su llegada con cabeza, tanto como individuos como a nivel de comunidad.

De hecho, me tienta sugerir que la simplicidad radical es exactamente lo que las culturas de consumo necesitan para despertarse de una vez; que la simplicidad radical beneficiaría nuestros intereses más inmediatos. De todas formas, en este ensayo sólo defenderé la tesis más modesta de que la simplicidad radical “no sería tan mala”. Demostrar esto ya debería ser un desafío suficiente.

Evidentemente, si se nos impusiera de repente, debido a las circunstancias y sin anticipación ni preparación, un nivel de vida radicalmente más bajo, entiendo que a la mayoría de la gente le parecería un cambio dramático, terrible, doloroso – un desastre existencial. Esta sería una respuesta bastante natural y comprensible. Pero alegaré que si un cambio así de dramático fuera anticipado estoicamente y uno se preparase para ello, no sería tan malo.

Si mis argumentos fueran correctos, entiendo que la clase media podría beneficiarse enormemente de anticiparse y prepararse para la simplicidad radical, incluso si nunca llega. Puede que no llegue en lo que vivamos nosotros o nuestros hijos. Sin embargo, puede que por razones ecológicas, económicas, políticas y sociales, pase, y esta probabilidad es la razón que me lleva a abordar el tema.

Asumo que el estilo de vida consumista tiene un límite en el tiempo, y que este límite se está acabando rápidamente. Si el sistema financiero global no colapsa bajo el peso de su propia deuda, puede que inducido por los altos precios del petróleo, serán nuestros frágiles ecosistemas los que colapsen, llevándose a la civilización industrial con ellos. En cualquier caso, el consumismo y el paradigma del crecimiento que lo soporta no tienen futuro, un diagnóstico que no intentaré defender aquí sino que más bien daré por hecho (Alexander, 2012a-f). Cuando el tiempo del consumismo se acabe, todos tendremos que vivir de forma más simple en un grado u otro, lo queramos o no.

Nadie puede saber con exactitud cuándo se acabará el tiempo, o cómo sonará el timbre de salida, pero ya sea el año que viene, la década que viene o el siglo que viene, el inevitable fin del consumismo es un tema que merece nuestra consideración hoy, porque el tiempo se acabará en algún momento y lo más probable es que sea más pronto de lo que a la mayoría les gustaría.

Sería mejor prepararse adaptando de una vez nuestra forma de vida, pero si eso es mucho pedir, al menos adaptemos nuestra forma de pensar. Está claro que sería mucho más fácil adoptar la simplicidad de forma consciente que obligados por el desastre.

1.1. De clase media a clase media

Ya ha debido de quedar claro que esto escribiendo esto desde la perspectiva de “dentro” – un miembro de la susodicha clase media – algo que admito con cierto esfuerzo.

A pesar de dedicar la mayor parte de mis energías a difundir estilos de vida post-consumistas de “simplicidad voluntaria”, y haber tomado medidas significativas para practicarlos (hasta donde uno puede dentro de los límites de una sociedad de consumo), soy muy consciente de que sigo siendo un miembro de la clase media, y que disfruto de muchas de las comodidades de este estilo de vida. Por ejemplo, tengo un ordenador, obviamente, y electricidad (por energía solar) para alimentarlo; hay una nevera en la habitación de al lado, con algo de comida dentro, y hay un huerto fuera, así que no paso hambre; tengo suficiente ropa y un techo, así que no paso frío. No sólo eso. Tengo suficiente tiempo de ocio, salud, educación y seguridad para estudiar los problemas del mundo, así que sin decir nada más sobre mi nivel de vida me sitúo definitivamente en la clase media.

Aunque apenas me gano la vida como académico a tiempo parcial, en el contexto global sé que soy tremendamente rico.

Doy por hecho que si el lector está también en un ordenador, con la riqueza y privilegios que esto implica, también estoy escribiendo fundamentalmente para la clase media. Quizá algunos lectores estén realmente fuera de esta categoría socio-económica tan vaga, pero sólo unos pocos, y es posible que ninguno. Voy a dar por hecho que estamos en el mismo saco; o, como dijo Henry David Thoreau (1982:314): “No haría pública mi culpabilidad tan fácilmente si no supiera que la mayoría de mis lectores son tan culpables como yo, y que sus hechos no tendrían un aspecto mejor al ser impresos”.

Tengo la sensación de que el tema de este ensayo requiere de estos supuestos preliminares, ya que pocos de nosotros podemos realmente decir haber experimentado la simplicidad radical que aquí se intenta describir y comprender. Sin embargo, la vida, siendo como es, a veces requiere que intentemos comprender cosas que nunca hemos vivido. Creo que esta es una de esas veces.

2. Las implicaciones de un “Gran Colapso”

Para enmarcar este análisis quiero proponer un “escenario de colapso”, para entender lo que podría pasar con el estilo de vida de la clase media consumidora, en el caso que Paul Gilding (2011) llama un “Gran Colapso”. Déjenme empezar dando algo de contexto a este experimento mental.

Gilding argumenta, como tantos otros, que “La Tierra está llena” (Gilding, 2011:1). Esto implica un problema enorme para la humanidad, especialmente si tenemos en cuenta que el crecimiento continuado sigue siendo el paradigma económico dominante de forma global.

Aunque la economía global ya excede de lejos la capacidad de carga sostenible del planeta (Global Footprint Network 2012; Meadows et al, 2004), no hay país que no siga buscando el crecimiento continuo. Buscar el crecimiento, de alguna manera, puede ser justificable para las naciones más pobres del planeta, cuyas necesidades básicas no están cubiertas, pero en una “Tierra llena”, el que aumente el consumo de recursos y energía en las naciones más ricas, simplemente, no es justificable.

Lo que se necesita, particularmente en las naciones más ricas, es una economía de suficiencia (Alexander, 2012a). Esto implicaría que las naciones ricas adoptasen una fase de contracción económica planificada, o “decrecimiento”, para hacer sitio ecológicamente a la humanidad más pobre para que esta pueda prosperar, permitiendo a la vez expandirse a la diversidad de la vida en el planeta (Alexander, 2011a-c; 2012b). Esta estrategia económica radicalmente aconvencional es aún más necesaria si tenemos en cuenta que se esperan nueve mil millones de personas en el planeta en las próximas décadas, todas las cuales querrán, con todo el derecho del mundo, un nivel de vida digno. Esta expansión de la población, en cualquier caso, implicará pedir más a una biosfera que ya está bastante saturada.

No hace falta señalar que las perspectivas de un decrecimiento voluntario en el mundo desarrollado van de discretas a no existentes, y es por esto que podemos esperar que el capitalismo crezca hasta llegar a una crisis fatal. En este sentido, el crecimiento capitalista parece una serpiente que se muerde la cola, una que no parece consciente de que está consumiendo el sistema que sustenta su propia vida.

El cambio climático y los problemas de abastecimiento de petróleo son seguramente las señales más claras de que esta crisis de consumo ya está comenzando, una situación exacerbada por la crisis financiera global, que amenaza con intensificarse cada día. Esto significa que nos esperan casi con seguridad cambios drásticos. Gilding (2011:1) alega que las cosas cambiarán, “no porque decidamos cambiar por preferencias filosóficas o políticas, sino porque si no transformamos nuestra sociedad y economía, nos arriesgamos al colapso social y económico y a precipitarnos en el caos”. Dicho más simplemente, si no cambiamos de dirección, es probable que acabemos en el sitio al que nos dirigimos.
Gracias a su propia inercia histórica, de todas formas, y cegado por su fetichismo por el crecimiento, el capitalismo sigue como si todo fuera bien. Pero no todo va bien, por decirlo suavemente, y sólo es cuestión de tiempo antes de que los llamados beneficiarios del crecimiento capitalista se den cuenta de que no puede haber una economía sana si no hay un planeta sano. Mi punto de vista es que cualquier transición a una economía justa y sostenible es poco probable que sea suave, y que si emergiese tal economía, no sería por una revolución de la consciencia, sino por alguna crisis o serie de crisis que esencialmente forzara en la humanidad un estilo de vida radicalmente alternativo y post-consumista. Creo que la revolución de la consciencia que se requiere para prosperar en una economía de suficiencia llegará en masa, si llega, sólo después de una crisis. Ese es, al menos, un camino posible, y puede que sea el mejor al que podemos aspirar.

Ya que las montañas de pruebas a favor de un cambio radical no han persuadido al mundo desarrollado para repensar su trayectoria económica, podría parecer que la única vía posible es que nos convenza, por así decirlo, un “Gran Colapso” de algún tipo. Ese es el escenario que enmarcará la siguiente discusión. Es posible que este experimento mental parezca a alguna gente demasiado dramático, pero creo que será un análisis útil incluso para aquellos optimistas que piensan que habrá una transición suave a una economía sostenible.

No quiero especular sobre la forma que podría tomar el Gran Colapso (p.ej. económico, ecológico, militar, una mezcla, etc) o su probabilidad. Pero para aquellos que aceptan, como yo, que un Gran Colapso de algún tipo es bastante posible y potencialmente inminente, las implicaciones de este en nuestro estilo de vida deberían resultar interesantes.

Y si resulta que nunca llegamos a ver un Gran Colapso en nuestra vida, el siguiente experimento mental podría ser útil de todas formas al hacernos apreciar mejor nuestra relación con el mundo material. Mi hipótesis es que esta mejor perspectiva podría hacernos darnos cuenta de que la disponibilidad de bienes de consumo es mucho menos importante de lo que la mayor parte de la gente de clase media piensa.

3. Visualizando y evaluando la simplicidad radical

Supongamos, entonces, que en algún punto en el futuro próximo alguna forma de Gran Colapso paraliza partes importantes de la economía global. ¿Cómo afectaría un acontecimiento tan desestabilizador al modo de vida de la clase media consumidora? Suponiendo que impusiera alguna forma de simplicidad radical en el mundo desarrollado, ¿cómo sería esta y cómo de mala? Estas son las cuestiones principales que consideraré a continuación. Animo a los lectores a que ajusten el análisis a sus propias circunstancias, hasta donde pueda ser necesario. Voy a estructurar la siguiente discusión considerando, por turnos, varios aspectos de la vida típica de clase media y visualizando, y evaluando, los cambios que podrían venir tras un Gran Colapso.

3.1. Agua

Parece lógico empezar por el agua, al ser una de las necesidades más básicas de la vida. El acceso a agua limpia aparentemente ilimitada simplemente abriendo el grifo es una de esas cosas que se dan fácilmente por hecho en el mundo desarrollado. Esto se debe especialmente a que en muchos sitios el agua del grifo está tremendamente infravalorada, y en algunos casos es gratis. Si, debido a un Gran Colapso,el suministro de agua dejase de funcionar, casi todos los centros urbanos caerían a la vez en el colapso, y en ausencia de programas civiles de emergencia bien coordinados, mucha gente moriría en la primera semana. Las consecuencias serían tan indeseables que debemos asumir que la primera cosa que una sociedad en colapso debería hacer es asegurar el funcionamiento de su abastecimiento de agua. Los gobiernos deberían ser conscientes de su responsabilidad y estar suficientemente preparados para coordinar cualquier reparación necesaria o mantenimiento de los depósitos de agua, incluso en una situación de desorden social. Si el Gobierno fracasa, las comunidades locales deberían actuar por sí mismas y hacer lo que hubiera que hacer – o perecer.

Vamos a suponer que incluso en el caso de un Gran Colapso, los depósitos de agua siguieran siendo funcionales, o que estuvieran inactivos un día o dos cada vez, lo que debería ser suficiente para los que tuvieran almacenada suficiente agua embotellada, o un tanque de agua con algunas tabletas de purificación. Es bastante fácil estar preparado para esto, así que tiene sentido estarlo.

Podría ser que algún tiempo tras el Gran Colapso, dependiendo de su impacto, los gobiernos dejaran de poder hacer funcionar servicios centralizados de agua, pero para entonces podemos imaginar que hubiera algún sistema alternativo de captura de agua y purificación. Los seres humanos suelen ser imaginativos, algo que muchos teóricos del colapso omiten (pero que los tecno-optimistas exageran hasta la alucinación). También debería recordarse que la infraestructura existente, como los tejados y las carreteras, pueden ser bastante buenos para recoger agua, y no sería difícil conseguir suficiente cantidad de esta manera si lloviese lo suficiente. Habría que ver si por estos medios se podría realmente suministrar suficiente agua para un asentamiento urbano o suburbano, pero esta es una cuestión que no voy a tratar ahora.

Más que preocuparme por el fallo de los depósitos de agua, creo que sería un experimento mental más útil considerar qué ocurriría si el suministro de agua siguiera siendo relativamente seguro, pero se volviese mucho más escaso y por tanto mucho más caro. Supongamos, por ejemplo, que después de una crisis económica o alguna aberración climática, se establecen nuevos límites de regulación que establecen que la mayoría de la gente sólo pueda conseguir unos 50 litros de agua por día y persona. Para poner esta cifra en contexto, el consumo doméstico medio en EEUU es de unos 370 litros, y en Australia de unos 230 litros por día; en Gran Bretaña, unos 150 litros. En el otro lado del espectro, instituciones como las Naciones Unidas y la OMS sostienen que 20 litros por persona y día es el mínimo necesario para la pura subsistencia, y esta cifra se usa a veces como punto de partida en los campos de refugiados.

Partiendo de estas cifras podemos deducir que tener sólo 50 litros por día sería un gran shock para la mayoría de la gente en el mundo desarrollado, especialmente gente acostumbrada a niveles de consumo varias veces superiores. Sea como sea, quiero decir que la vida con 50 litros de agua limpia al día no sería realmente tan mala, si se tomase con la actitud correcta. De hecho, después de un período de ajuste personal y cultural, creo que se volvería rápidamente la tolerable y mucho menos dolorosa “nueva situación normal”.

Naturalmente, la actitud y apertura mental al enfrentarse con esta reducción tan significativa serían el factor clave. Si la gente comparase la “nueva situación normal” con cómo solían ser las cosas antes, probablemente se sintieran terriblemente pobres, y sufrieran en consecuencia; pero si la gente recordase que varios miles de millones de personas en el mundo hoy en día carecen de un acceso seguro a cantidades mínimas de agua limpia, tener 50 litros de agua limpia al día de repente parecería un privilegio extraordinario por el que estar inmensamente agradecidos; quejarse sería algo deleznable. Lo importante de esto es darse cuenta de que las mismas circunstancias de simplicidad radical podrían experimentarse de maneras totalmente diferentes, dependiendo de la predisposición conque se enfrentasen. Afortunadamente, esta predisposición está dentro de nuestro control, incluso aunque las circunstancias no lo estén.

Con un consumo diario de sólo 50 litros, el agua para beber sería obviamente la prioridad principal, y el resto debería ser distribuido entre la cocina, las tareas de limpieza y la higiene personal. Podría ser también que se usase menos agua para cocinar si la gente fuese más consciente; se podría lavar la ropa menos a menudo, lo que podría equilibrar un poco una cultura que está claramente demasiado preocupada por la limpieza; el césped no se regaría y los huertos se regarían desde tanques de agua o sistemas de aguas grises, y así sucesivamente.

Hay innumerables estrategias de ahorro de agua que podrían probar que los altos consumos de agua son realmente un producto del derroche, tanto que reducciones enormes no nos quitarían nada que sea realmente necesario para vivir bien. Incluso aunque tuviéramos que dejar de ducharnos y bañarnos tal y como estamos acostumbrados, creo que estaríamos bien. Puede que sea necesario para una vida digna lavarse regularmente – lo cual se puede conseguir con un caldero de agua y algo de jabón – pero uno podría vivir dignamente sin ducharse o bañarse tanto como ahora.

Esta idea de lavarse uno mismo con un cubo de agua ejemplifica, con algo de claridad y especifidad, el desafío de la tesis que propongo en este ensayo. La simplicidad radical respecto al consumo de agua sería un shock cultural, sin duda, pero si fuese cuidadosamente considerada no debería ser tan mala, siempre que tuviéramos unos recursos mínimos. Quiero decir que podríamos todos vivir una vida plena, digna, y sentirnos realizados, incluso aunque tuviéramos que lavarnos con un caldero – y pensar lo contrario sería declararse culpable o bien de pomposidad, o de falta de imaginación.

3.2. Gestión de aguas de desecho

Al igual que al dejar de funcionar el suministro de agua, los centros urbanos irían rápidamente hacia el caos si los sistemas de desecho de aguas se estropeasen durante cualquier periodo de tiempo. Si de repente no pudiésemos tirar de la cadena, habría un riesgo significativo de que los centros urbanos se plagasen de enfermedades, así que la gestión de aguas de desecho se puede considerar una de las necesidades básicas de la vida. ¿Pero qué es exactamente una “buena” gestión de aguas de desecho? ¿Es un requisito imprescindible, por ejemplo, defecar en agua potable, como estamos acostumbrados en el mundo desarrollado? Yo diría que esta práctica está entre nuestras mayores vergüenzas. En el Estado de Victoria, Australia, donde yo vivo, el Gobierno está invirtiendo miles de millones de dólares en una planta desalinizadora, por lo visto para que los habitantes puedan continuar defecando en agua que sería apta para beber. Uno podría pensar que habría sido más sensato empezar a usar aguas grises en las cisternas, lo que ahorraría millones de litros de agua al día, a un coste prácticamente nulo (por ejemplo recoger el agua de la ducha en un caldero), pero aparentemente para la mayoría de la gente en el mundo desarrollado esto es un inconveniente…¡como si no tuviéramos cosas más importantes en las que gastar nuestro dinero! Mientras nuestros ecosistemas fluviales se degradan, parece que aún pensamos que nuestros reales excrementos merecen agua potable, un asunto por el que la posteridad probablemente no nos juzgue con cariño. Si sólo tuviésemos 50 litros de agua potable al día, de todas formas, sospecho que no defecaríamos en ella, y estoy seguro de que nuestros excrementos estarían bien igualmente. Es más, descubriríamos que el mundo no se acaba por eso.

Aunque no creo que nuestros sistemas actuales de aguas de desecho estén a punto de dejar de funcionar, puede ser que en tiempos económicos duros (o especialmente inspirados) la gente dejase de depender de la infraestructura centralizada de gestión de desechos por intereses propios; esto es, la gente no lo haría porque se les exigiese desarrollar sistemas no centralizados, como los baños de compost, sino que lo haría por empezar a ser conscientes de las ventajas de hacerlo. No sólo los baños de compost no requieren agua y evitan el gasto de energía que requiere el procesado en sistemas centralizados, sino que retienen para el uso doméstico todos los nutrientes presentes en los excrementos que actualmente se desperdician. El aparato digestivo humano está lejos de ser perfecto, ya que tanto la orina como las heces contienen gran cantidad de nutrientes – nutrientes valiosos para el enriquecimiento de suelos, como el nitrógeno, fósforo, potasio, carbono y calcio. Cuando los excrementos humanos se compostan apropiadamente (mezclándolos con material rico en carbono adicional, como papel o serrín) no huele, y al cabo de un tiempo los procesos biológicos naturales destruyen los patógenos dañinos, haciendo del producto final un estiércol seguro y rico en nutrientes – lo que se llama en inglés “humanure” (de “human”, humano, y “manure”, estiércol) (Jenkins, 2005). En un escenario de colapso todos produciríamos más de nuestra propia comida (se discutirá más adelante), y esto requerirá mejorar y mantener la calidad del suelo de la forma más barata y eficiente posible. En tiempos como los descritos, y sin una fuente fija de ingresos con la que comprar compost y fertilizantes, el baño de compost se volverá una elección obvia. Lejos de ser un paso atrás, este sería un avance positivo, y uno al que nos acostumbraríamos muy rápido.

En una sociedad tan correcta como la actual, uno no debe hablar sobre desechos humanos. En medio de un Gran Colapso, sin embargo, imaginarse cómo construir un baño de compost bien podría convertirse en un tema de conversación para la cena. Mis disculpas si esta disgresión ha ofendido sus delicadas sensibilidades.

3.3. Comida

De todas nuestras necesidades básicas, la comida podría convertirse en la que primero nos apretase en el contexto de un Gran Colapso. Esto es porque ahora mismo confiamos en una red increíblemente compleja de producción y distribución de alimentos, lo que significa que al sistema le falta resiliencia – esto es, le falta la capacidad para soportar shocks. Le falta resiliencia porque cuando cualquier punto en la cadena se rompe, el sistema completo puede dejar de funcionar. Un ejemplo de esto se puede ver en el impacto que tuvo la huelga de camioneros durante el año 2000 en el Reino Unido. El país se dio cuenta muy pronto de lo dependiente que era del sistema alimentario industrial, porque cuando los transportistas no transportaban, la comida no llegaba a los supermercados. No pasó mucho tiempo hasta que los encargados de los supermercados empezaron a llamar a miembros del Parlamento diciéndoles que sin las líneas de transporte abiertas para reabastecer las estanterías, los supermercados tenían unos tres días de comida. Como se dijo por aquel entonces, la nación estaba sólo a “nueve comidas de la anarquía” (Simms, 2008). Pido al lector que considere cómo actuaría si tuviese que conseguir comida para sí mismo y su familia de no existir una industria alimentaria funcional.

Es poco probable, pienso yo, que la industria alimentaria colapse inmediatamente o completamente, así que para este propósito ser estrictamente auto-suficiente es una meta demasiado extrema como para dedicarle mucho análisis, y es probablemente imposible. Incluso en un escenario de colapso total, podríamos esperar que nuestros hogares tuvieran que “importar” varios alimentos en diversas formas, si no de alrededor del mundo, sí al menos del medio rural. Esto, de hecho, sería absolutamente necesario en contextos urbanos, ya que el espacio cultivable simplemente no da para nada cercano a una estricta autosuficiencia. Un estudio reciente en Toronto, Canadá, por ejemplo, concluyó que la ciudad podía posiblemente producir el 10% de su propia fruta y verdura, si el espacio cultivable disponible dentro de los limites de la ciudad se convirtiera a la agricultura (MacRae et al, 2010). Esto quiere decir que incluso si la agricultura urbana tuviera un auge increíble de repente, la ciudad seguiría necesitando importar el 90% de su fruta y verdura, por no hablar de la carne, minerales y otros bienes. Mientras que algunas ciudades podrían hacerlo algo mejor (por ejemplo la Habana), el estudio de Toronto muestra claramente que los urbanitas del mundo son extremadamente dependientes en que funcione bien el sistema de producción y distribución de alimentos. ¿Qué pasaría si hubiese un shock de larga duración en estos sistemas? ¿O si los altos precios del petróleo hicieran la comida mucho más cara?

Estas preguntas pretenden suscitar un poco de reflexión sobre cómo nos alimentamos los urbanitas. Como mínimo, en un Gran Colapso todas las casas y comunidades maximizarían su propia producción de comida – de la misma forma que surgieron los “relief gardens” durante la Gran Depresión y los “Victory Gardns” durante la 2ª Guerra Mundial. La necesidad es un gran elemento de motivación.

Aumentar la producción urbana de alimentos supondría cavar en el césped y convertirlo en huertos productivos, plantar frutales (los cuales, hay que tener en cuenta, necesitan años para dar un producto sustancial) en todos los espacios disponibles. Las zonas naturales serían cultivadas; los parques se convertirían en pequeñas granjas; los tejados que lo permitiesen se volverían productivos, y en general todo el potencial de producción de alimentos se destaparía rápidamente. Esto es en esencia lo que sucedió en Cuba cuando colapsó la Unión Soviética y de repente dejaron de proveerles con las grandes cantidades de petróleo que necesitaban para mantener su industria alimentaria. Casi de la noche a la mañana Cuba se convirtió en un bastión de la producción alimentaria orgánica (no basada en el petróleo), incluidos sus contextos urbanos; puede esperarse que esta respuesta se replicaría inmediatamente en cualquier momento y lugar donde el sistema alimentario industrial experimentara un Gran Colapso. Donde hay riesgo de hambre, la estética burguesa que aprecia un floreciente “Jardín inglés” de repente aparece como trivial o incluso de mal gusto (literalmente).

Asumiendo, no obstante, que una parte considerable de los alimentos de la ciudad siempre necesitarían ser importados – un desafío que disminuiría en cierto grado, sin duda, por la gran re-ruralización o “éxodo urbano” – el tema pasa a ser qué tipo de dietas podrían esperarse en caso de un Gran Colapso en el sistema alimentario. En primer lugar, deberíamos acostumbrarnos a shocks del suministro de diferentes bienes; el lujo de bajar de un momento al supermercado para coger algo de [inserte alimento deseado aquí] podría volverse algo del pasado. Imaginad, por ejemplo, estar sin arroz o naranjas o café durante meses o años cada vez. Un pensamiento desagradable, quizás, pero sobreviviríamos perfectamente bien sin estos y otros lujos (no locales). En segundo lugar, precios del petróleo más altos o una contracción económica podría hacer que dejáramos de poder permitirnos muchos otros productos, con efectos similares en los hábitos de consumo. Puede que simplemente ya no podamos pagar muchos de los productos que mucha gente da por sentados hoy día, incluso aunque estuvieran disponibles. Es más, en tiempos económicamente ajustados, los restaurantes de comida para llevar podrían perfectamente desaparecer.

Una vez más, estas eventualidades, si no se cogiesen con tiempo, se vivirían seguramente como un shock cultural terrible, y muchos pensaríamos que habíamos vuelto a la Edad Oscura. Pero el propósito de este ensayo es sugerir que estos shocks de suministro o precios, siempre que siguiese habiendo otros tipos de dieta disponibles, no serían tan malos. Puede que ya no comiésemos en restaurantes, pero las cenas con amigos y vecinos podrían volver a ser algo común. Es más, aunque puede ser deseable o conveniente tener diez mil productos esperándonos en el supermercado, la vida sería bastante tolerable (aunque muy diferente) si sólo hubiese cien, incluso aunque fueran tres o cuatro veces más caros de lo que son hoy. En estas circunstancias, nuestra dieta sin duda cambiaría, y probablemente comeríamos menos; desde luego, comeríamos menos carne. Pero por lo general estaríamos bien, y quizá incluso mejor que ahora. Este es el mensaje general que este ensayo busca presentar para su consideración. Si estuviéramos mentalmente preparados para ello, la simplicidad radical en los términos descritos arriba tampoco sería tan mala.

¿Pero qué pasaría si se fuera la luz?

3.4. Electricidad

El suministro ininterrumpido de electricidad, a unos precios muy asequibles, está a la misma altura que el agua limpia del grifo, las cisternas y los supermercados, como una de las características que definen el estilo de vida que se considera en este ensayo. La electricidad es tan central para nuestra concepción de la buena vida que apenas podemos imaginarnos vivir sin ella durante algún tiempo. En esas raras ocasiones en las que hay un apagón y se va la luz, lo cierto es que nos manejamos bastante bien, aunque sólo sea unos minutos o unas cuantas horas. Quizás en el caso de un desastre natural grave – lo cual la mayoría de nosotros nunca ha experimentado – la electricidad se va durante unos cuantos días o una semana. Pero parte de la razón por la que llevamos tan bien la situación es que damos por hecho (justificadamente) que es un asunto temporal y que para cuando hayamos pensado en encontrar la linterna ya habrá vuelto la luz. Cuando imaginamos vivir sin electricidad, pensamos en África. ¿Pero y si, en nuestro mundo desarrollado, un Gran Colapso afectara a nuestro sistema eléctrico de formas impredecibles? ¿Sería la catástrofe que uno podría imaginarse en primer lugar?

Nuestro experimento mental seguramente iría más allá de lo creíble si especulase con un apagón repentino y permanente en el mundo desarrollado. Esto es bastante improbable. Pero si la economía local continuara destruyéndose por una razón u otra – lo cual es al menos una posibilidad real – las naciones desarrolladas que confían en el crecimiento continuo probablemente se encontraran frente a decisiones muy difíciles sobre cómo invertir sus escasos fondos. Podría ser que el mantenimiento de la red eléctrica no recibiera el apoyo económico que necesita, y esto podría llevar a cortes en el suministro hasta puntos que la gente no ha conocido en varias generaciones. En una época en la que tanta actividad viene dada por los ordenadores, cortes regulares y prolongados de la electricidad ciertamente crearían dificultades enormes, al menos al principio; y muchos hogares montarían en cólera si a menudo hubiera apagones que interrumpieran mientras se cocina o se ve el programa favorito en la televisión. Pero en el esquema global de las cosas – y cuando recordamos que la mayor parte de la gente del planeta no tiene electricidad en absoluto – ¿serían las interrupciones constantes en el suministro realmente tan malas? ¿Tan delicados somos?

Quiero sugerir que no lo somos, aunque una vez más esto depende del marco mental que uno tenga. Si seguimos creyendo que la electricidad ininterrumpida es nuestro derecho divino, un Gran Colapso sería como que el cielo se cayese sobre nuestras cabezas. Si consideramos un colapso así como una posibilidad (aunque sea improbable) y nos preparamos para él al menos mentalmente, las cosas podrían no ser tan trágicas como pensaríamos en un primer momento. Imaginad, por ejemplo, que se volviese relativamente normal que hubiera interrupciones de unos cuantos días o más; e imaginad también que la electricidad se volviese tan cara que el uso de cada aparato se considerara un lujo. Incluso en estas circunstancias ciertamente complicadas, yo creo que una actitud fuerte y resiliente significaría que la gente podría absorber fácilmente los shocks, sin mucho problema.

En términos prácticos, un precio muy alto de la electricidad nos haría inmediatamente más conscientes de nuestros hábitos casuales de consumo. La luz se apagaría religiosamente al irse de una habitación, y el uso de aparatos, incluida la televisión, se pensaría cuidadosamente en términos económicos. En lugar de poner la calefacción, nos pondríamos un jersey de lana. Este cambio cultural, en realidad, no traería verdaderas dificultades, y algunas subculturas dentro del mundo desarrollado ya han adoptado estos hábitos por elección propia. En este ensayo, de todas formas, se habla de un cambio cultural más radical – aunque quizás también se pudieran absorber cambios más radicales sin demasiada dificultad. Supongamos, por ejemplo, que los hogares – vuestros hogares – sólo pudieran recibir (o permitirse) un tercio de la electricidad que consumen ahora, con apagones prolongados regularmente pero que interfirieran impredeciblemente con los planes de uno. Sí, es posible que nos fuésemos a la cama antes y nos levantásemos al amanecer, y sí, diferentes negocios y transacciones se retrasarían causando bastantes inconvenientes. Pero no pasaría mucho tiempo hasta que estas reducciones drásticas en la cantidad y regularidad de la electricidad se volviesen también “la nueva situación normal”, a la que incluso las ánimas más delicadas podrían acostumbrarse rápidamente. La mayoría de negocios se adaptarían (y sobrevivirían exactamente igual que antes de que la electricidad se diera por hecho en todas partes), y también la sociedad en general. La vida seguiría adelante, aunque de una forma muy diferente.

3.5. Ropa

El asunto de la ropa es bastante interesante para considerar en un “escenario de colapso”, porque saca a la superficie el hecho de que el consumo es una práctica social y dependiente del contexto. Con esto quiero dccir que la gente consume cosas (especialmente ropa) no sólo por lo que hacen, sino también por lo que significan y simbolizan dentro de un contexto social particular. Claramente, la función principal de la ropa es mantenernos calientes, y su función secundaria, al menos en este tipo de sociedad, es cubrir nuestra desnudez. Sin embargo, esas funciones casi se han olvidado en una época, la nuestra, en la que el propósito de la ropa ha evolucionado para volverse principalmente una forma de expresar la identidad o el status social de cada uno. Incluso las llamadas tribus “alternativas”, que rechazan explícitamente “la moda”, se posicionan socialmente adoptando una estética alternativa. En el contexto de un Gran Colapso, en cualquier caso, la industria de la moda sería de las primeras en morir, y me gustaría sugerir que esto no sería una pérdida en absoluto.

Imaginad, por ejemplo, que nunca más tuviéramos la oportunidad o los ingresos para comprar ropa nueva. Esto podría ser una crisis de identidad muy grave para aquellos que se definen a través de la ropa de moda. Pero la realidad es que si uno estuviera mentalmente preparado para esta posibilidad, no le haría ningún daño llevar los colores de la temporada pasada o un parche cosido en la rodilla (Thoreau, 1982). De hecho, creo que la mayoría de la gente podría sobrevivir una década o quizá más bastante felices sin añadir nada a su armario actual, ya que lo normal es que casi todo el mundo en el mundo desarrollado tenga ropa que no usa. En una Gran Depresión, llevar ropa a la moda sería la menor de nuestras preocupaciones, aunque probablemente se desarrollase una nueva estética en la que la gente intentara hacer lo más posible a partir de lo poco que tuviera – llamémoslo “colapso chic post-moda”. Los seres humanos son gente creativa, y el “estilo” no desaparecería sino que evolucionaría en un contexto de colapso. En cualquier caso, los seres humanos normalmente satisfarían sus necesidades más acuciantes en primer lugar, y en medio de una crisis económica profunda, estar a la moda sería algo bastante poco preocupante. Rescataríamos la ropa diligentemente y nos volveríamos muy buenos cosiendo y remendando, y en términos de mantenernos calientes y cubrir nuestra desnudez, nuestros requerimentos estarían bastante cubiertos sin mucho problema.

Como escribió Thoreau (1982: 278): “Un hombre que tiene algo que hacer no necesitará un traje nuevo con el que hacerlo”, añadiendo que “si mi chaqueta y mis pantalones, mi sombrero y mis zapatos, sirven para servir a Dios, lo harán, ¿no?”. Es una cuestión interesante que considerar, sino en relación a servir a Dios necesariamente, al menos en relación a vivir plenamente en circunstancias de simplicidad radical. La ropa vieja valdrá, ¿no?

3.6. Transporte

La producción global de petróleo convencional lleva estancada desde 2005, y esta ha sido la causa principal de que el precio del petróleo haya subido bastante en la última década. A medida que los campos nuevos se esfuerzan por compensar el rápido agotamiento de los campos existentes, y mientras que el mundo desarrollado continúa aumentando su demanda con un suministro estancado de petróleo, se pueden esperar incrementos de precio mayores. Como ya se ha argumentado en otros lugares (Heinberg, 2011; Rubin, 2012; Alexander, 2012f), las economías industriales globalizadas dependen del petróleo barato, y cuando el gasto en petróleo sube por encima de un cierto límite – que algunos dicen es un 5,5% del PIB (Murphy y Hall, 2011 a-b) – las economías dependientes del petróleo se ahogan, a menudo hasta el punto de la recesión o depresión. Esto puede ser perfectamente lo que estamos viendo en el mundo hoy día, y aún quedan cosas peores por delante (Tverberg, 2012). De hecho, que el petróleo esté caro puede ser una de las principales causas para un Gran Colapso como el que estamos tratando.

¿Cuáles serían las implicaciones en el transporte de un Gran Colapso traído por un alto precio del petróleo? En primer lugar, el transporte aéreo se volvería un raro lujo que sólo disfrutarían unos pocos. Mientras que muchos insistirán en que esto sería una gran pérdida, debo disentir. No me cabe duda de que viajar por el mundo y conocer las diferentes culturas es algo que expande la mente, pero pensar que uno no puede tener una mente igualmente expandida con la experiencia vivida en la propia localidad es tener poca imaginación. Qué presuntuoso es que viajemos al otro lado del mundo, podríamos decir, cuando no hemos visto – visto de verdad – el jardín de nuestra casa; nuestra propia localidad. Puede que nos esperen maravillas que nunca habíamos imaginado si nos atrevemos a mirarlo más de cerca. También puede ser que haya opciones de viaje baratas, de bajo consumo de carbono, e igualmente satisfactorias más cerca de casa de lo que cabría pensar, si mirásemos el mundo de una forma diferente.

En segundo lugar, una implicación más importante del petróleo caro sería el impacto que esto tendría en la conducción. No sólo la gasolina sería más cara, sino que un Gran Colapso implicaría que la mayoría de la gente tendría considerablemente menos ingresos, y todo esto junto significaría que la gente simplemente tendría que conducir mucho menos, o nada en absoluto. El transporte público, allá donde existiera, se usaría mucho más habitualmente, probablemente hasta sus límites de capacidad y más allá. Ir en bicicleta o andar se volvería inmediatamente el modo de transporte por defecto (lo que traería consigo beneficios de salud y medioambientales), y quién sabe, quizá incluso volveríamos a ver caballos por la calle. Cuando conducir fuera necesario y viable, lo normal se volvería compartir coche. No habría más “ir a la tienda de la esquina a por un brick de leche”.
Un asunto más complejo relacionado con el transporte – uno que no se puede explorar aquí en detalle – es el relacionado con la relocalización de la economía que induciría el petróleo caro (Rubin, 2009). En la actualidad mucha gente está “atada” a viajar en coche por el simple hecho de que viven lejos de donde trabajan ; y la mayoría de los negocios confían en mayor o menor medida en el comercio global. Pero es probable que la producción se mueva más cerca de nuestras casas – quizá justo a nuestras casas – a medida que los precios del petróleo sigan subiendo y si la economía continuase contrayéndose (Holmgren, 2012). Es probable que esto trajese varias dificultades e inseguridades, pero para los propósitos actuales el caso es que “desataría” a la gente (y los negocios) de los viajes de larga distancia. Si nuestras comunidades se ven obligadas a reaprender las artes de la auto-suficiencia, la cultura del automóvil desaparecerá más rápido de lo que vino. Una ventaja será que todo ese tiempo que se pasaba en el coche pasaría a usarse en cosas más útiles o satisfactorias, reunificando las comunidades locales y revitalizando las economías locales.

3.7. Tecnología

[Este es el apartado en el que menos coincido con el autor. Por dos razones:

1. “Tener ordenadores” no necesariamente significa tener un ordenador por persona o casa. Hay muchas razones por las que nos convendría mantener un ordenador, por ejemplo, en cada asentamiento, y la infraestructura para comunicarlos entre sí:

– Mandar mensajes entre asentamientos (evitando tiempo y recursos para un sistema de mensajería)

– Comunicarse con especialistas médicos de otros lugares (evitando tener que traerlos o morirse mientras tanto)

– Beneficiarse de la cultura de otros asentamientos, no sólo cultura-partituraslibros, sino también cultura-planos y cultura-manera de resolver los problemas.

– Poder tener noticias de otros lugares

– Acceder a una base global común de conocimiento

– Negociar transacciones comerciales sin necesidad de desplazarse

– Realizar cálculos/operaciones complejas

Sé que puede ser un desafío grande mantener una infraestructura, aunque reducida, de Internet y de mantenimiento/producción de sistemas informáticos. Sin embargo, creo que después de la sanidad y poco más, es una de las cosas en las que deberíamos centrar los esfuerzos colectivos. Desde luego, y al contrario de lo que parece pensar el autor, yo lo pondría por delante de las lavadoras (que se solucionan con un molino comunal) y las neveras (que se solucionan con una bodega y/o secando alimentos).

Por otra parte, creo que al analizar la parte de los sistemas de energía renovable ignora otros de mejores características en cuanto a disponibilidad de materiales y facilidad para la producción; aparte de no señalar el hecho más importante de que muchas cosas podrían pasar a hacerse con energía no eléctrica.

Bueno, aquí va lo que dice él: ]

Otra característica que define la sociedad actual son las tecnologías avanzadas que tenemos a nuestra disposición, generalmente a precios bastante asequibles. En Australia, por ejemplo, con lo que se gana trabajando menos de dos horas con el salario mínimo se puede comprar un reproductor de DVD; y muchas veces se dejan en la calle televisores que funcionan simplemente porque no son de pantalla plana. En un contexto histórico y global, ¿nos damos cuenta de lo ricos que somos?

En los hogares de las familias normales de clase media hay una cantidad de tecnología que habría impresionado a cualquiera de hace sólo unas pocas generaciones. Es más, no es raro hoy en día que incluso los niños tengan (y esperen tener) las tecnologías más avanzadas, como el iPod, la Xbox, o los teléfonos móviles. Ordenadores, microondas, lavavajillas, equipos de música, aparatos de cocina, aspiradoras, lavadoras, secadoras, aparatos de aire acondicionado – todo esto y mucho más se puede encontrar en una casa típica de lo que yo llamaría la clase media. Estas tecnologías son tan normales que podría ser difícil imaginar la vida sin ellas. Pero vamos a intentarlo.

No usar el ordenador puede que sea lo más difícil de imaginar, porque la vida moderna depende extremadamente de ellos. Vamos a recordar, de todas formas, que la gente sobrevivía bastante bien en los 50 sin ordenadores, así que no hay razón para pensar que vivir sin ellos sería volver a la Edad de Piedra. De hecho, se pasa tanto tiempo hoy en día delante del ordenador que su desaparición podría ser un avance positivo, que forzara a la gente a comunicarse más cara a cara y probablemente a pasar más tiempo fuera.

La tecnología usada por los ordenadores es tan sofisticada que se puede decir sin temor a equivocarse que dependen de su producción de una economía industrial funcional, así que podría ser que un Gran Colapso hiciera que los ordenadores o bien no estuvieran disponibles o bien fueran tremendamente caros. Lo mismo podría aplicarse a muchas otras tecnologías que hoy damos por hecho. Con un poco de resiliencia estoica, de todas formas, me da la sensación de que simplemente podríamos adaptarnos a su ausencia sin mucha dificultad. Sospecho que la lavadora podría permanecer como un aparato extremadamente valioso para ahorrar trabajo, y que la nevera sería de las últimas cosas en irse; pero la vida seguiría incluso si estas cosas se volvieran lujos raros; y la vida seguiría ciertamente si no tuviéramos móvil, microondas, aspiradora, lavavajillas, etc. En lugar de aparatos de música (aunque sean algo genial) seguramente tendríamos el placer de disfrutar más música en directo. Sería una “existencia” mucho más simple, sin duda, pero sobreviviríamos bastante bien si llevásemos la transición con sentido común. Una vez más, estar mentalmente preparados es el primer paso para una adaptación saludable – un paso que merece la pena dar incluso si esta simplicidad radical nunca llegara.

Puede que el aspecto más preocupante de una vida con menos capacidad tecnológica sea el de los sistemas de energía renovables. Igual que los ordenadores, los paneles solares y las enormes turbinas eólicas dependen para su producción de una economía industrial funcional globalizada, así que en caso de un Gran Colapso no deberíamos asumir que la producción de sistemas de energía renovable seguiría sin más, aunque podríamos beneficiarnos mucho de ellos. La energía nuclear probablemente dependa incluso más de una economía industrial funcional, así que en caso de un “crash” podría no ser una opción (suponiendo que se hubiese considerado deseable).

Por cuestiones de espacio voy a dejar ya este tema, sin decir más que el hecho de prepararse para el cambio climático depende enormemente de reducir la cantidad de energía que utilizamos y producir la poca que utilicemos con energías renovables (Trainer, 2012 a-b). En ausencia de sistemas de energía renovable de alta tecnología, nuestras alternativas probablemente fueran o bien vivir como Amish o continuar quemando combustibles fósiles – y sabemos cuál de esas alternativas es más probable que se escoja. Por ahora el lector podría también adivinar cuál de las alternativas preferiría yo, pero un camino mejor aún sería coger lo mejor de una existencia al estilo Amish (quizá añadiendo una dosis fuerte de hedonismo alternativo) y a la vez beneficiarse de sistemas de energía renovable de alta tecnología y otras “tecnologías” apropiadas que estén disponibles y sean asequibles.

3.8. Television y Facebook

Cómo una cultura pasa su tiempo de ocio – su libertad – dice mucho sobre la naturaleza de la sociedad. En la actualidad, la mayoría de los occidentales pasa más tiempo viendo la televisión que haciendo cualquier otra cosa, salvo dormir y trabajar; a veces se pasan varias horas más en Facebook. No hay que ser un elitista para preguntarse si este es realmente el mejor uso de nuestra libertad. Tecnologías como la televisión y el Facebook no son buenas por sí mismas. Como el fuego, todas ellas son buenas o malas dependiendo de cuánto y cómo se usen. Si un Gran Colapso nos las quitara, creo que a este respecto al menos nuesras culturas definitivamente se enriquecerían. De repente nos veríamos teniendo que llenar nuestros tiempo libre de formas menos pasivas, pero lejos de estar aburridos, descubriríamos el trabajo mucho más importante y significativo que habría que hacer construyendo una nueva civilización.

3.9. Ingresos

Un asunto más general referente a las implicaciones en el estilo de vida de un Gran Colapso se refiere a los ingresos. Hoy día en los países desarrollados, los sueldos medios están bastante por encima del nivel de subsistencia, lo que significa que la mayoría de la gente tiene dinero de más para gastar en bienes y servicios no esenciales, como el alcohol, entradas de cine, comida para llevar, libros, revistas, ropa de moda, unas vacaciones de vez en cuando, etc.

Las enormes consecuencias económicas de un Gran Colapso, sin embargo, significarían que los ingresos que hoy damos por hecho podrían desaparecer completamente, o reducirse a niveles extremadamente mínimos. La gente no podría pagar a otros por “servicios” como limpiar, cocinar, llevar las cuentas, hacer reparaciones, etc. Estos trabajos y otros muchos volverían a la casa. Una persona normal se volvería más un “comodín”, o al menos sería capaz de alternar entre diferentes habilidades que hacer por otros en una economía informal. Ya que la división actual del trabajo en economías de mercado nos ha dejado a la mayoría con unas habilidades muy especializadas, tener que hacer las cosas por nosotros mismos va a requerir una gran labor de aprendizaje, un cambio cultural que ya está en marcha en el movimiento de Transición (Hopkins, 2008). Parece que el caso es que a los seres humanos les gusta bastante ser autosuficientes, ya que aprender habilidades nuvas y aplicarlas puede ser algo muy gratificante. Esto significa que su incapacidad para pagar por los servicios puede acabar teniendo un lado agradable.

Las mismas fuerzas económicas que reducirán los ingresos para los “servicios” significarán que tendremos poco o nulo dinero de más con el que comprar “bienes” no esenciales. En la actualidad, si necesitamos algo desesperadamente, es probable que esté disponible a un precio razonable en una tienda cercana. En un escenario de colapso este lujo desaparecerá, al romperse las cadenas de suministro y dispararse los precios (en relación a los sueldos).

Esta situación podría suponer un renacer de la “economía de rastrillo” y de la “economía del compartir”, las cuales podrían ya estar llegando. Si necesitásemos algo y no pudiésemos comprarlo, nuestras opciones serían: (1) Reconsiderar si lo necesitamos realmente, y quizá seguir sin ello; (2) Comprarlo de segunda mano; o (3) Que nos lo preste alguien de nuestra comunidad (quizá dejándole algo a cambio). Por ejemplo, en vez de que cada vecino de la calle tenga herramientas para podar (o cualquier otra cosa), puede que sólo las tengan una o dos personas, o quizá se coloque una caseta de herramientas de la comunidad para que todo el mundo pueda cogerlas cuando las necesite. Esto incrementaría enormemente la “eficiencia” de nuestro consumo, porque en la actualidad muchas si no todas las cosas que compramos están sin usar la mayor parte de su vida. Compartir más no sería algo difícil.

De forma similar, no hace falta decir que en un escenario de colapso todo el gasto superfluo en general desaparecería, también sin una dificultad especial. Alguien podría lamentarse por no poder comprar una cocina nueva, cambiar una alfombra gastada o irse de vacaciones a Tailandia, pero es su culpa si eso les parece una buena razón para deprimirse. ¿Es que vivir bien sólo consiste en consumir bienes más lujosos? Tomando de nuevo las palabras de Thoreau (1982: 269): “La mayoría de los lujos, y muchas de las llamadas comodidades de la vida, no sólo no son indispensables, sino que son en sí barreras para la elevación del ser humano”. Y sobre esa base Thoreau (1982: 290) invitaba a la gente a no ser como aquel que se quejaba de que “eran tiempos difíciles porque no podía comprarse una corona”.

3.10. Servicios públicos

Terminando el análisis, me gustaría añadir unas palabras sobre la degradación de los servicios públicos que sin duda seguiría a un Gran Colapso. He asumido hasta ahora que un Gran Colapso tendría enormes implicaciones económicas, y supongo por tanto que esto afectaría a la capacidad d los gobiernos para proveer de muchos servicios públicos, al menos en la medida en que estamos acostumbrados hoy día. Con una capacidad de gasto mucho menor (debido a una economía en contracción), los gobiernos tendrían que repensar radicalmente sus presupuestos, y esto podría tener implicaciones muy significativas para la gente ordinaria. Buena parte del gasto social – paro, seguridad social, inversión en infraestructuras o cultura, etc – podría desaparecer o reducirse enormemente cuando más se los necesitase. Otros servicios públicos o provisiones recibirían también mucha menor ayuda económica, como los bomberos, la policía, el Ayuntamiento, los programas de protección ambiental, etc.

Esto cambiaría obviamente la naturaleza de la sociedad, y no voy a decir que estos cambios se absorberían necesariamente sin sufrimiento. Pero puede decirse que el depender de un Estado fuerte ha sido la razón de que muchas comunidades se hayan debilitado en las últimas décadas; después de todo, uno puede sentirse menos inclinado a atender a los vecinos más pobres o ancianos si se considera algo que el Estado debería hacer. Aunque no quiero llevar este argumento demasiado lejos, en ausencia de un sistema fuerte de beneficencia estatal, las comunidades tendrían que cuidar de los suyos una vez más, y este desafío bien podría revitalizar el espíritu de vecindad y solidaridad que se ha perdido hoy día en muchas culturas de consumo (Lane, 2000). Se tendrían que establecer nuevas organizaciones comunales y se tendrían que preparar sistemas para combatir el crimen, gestionar los residuos, afrontar las reparaciones de infraestructuras, o dar de comer a los hambrientos. Terminaríamos con comunidades muy diferentes, altamente localizadas y auto-gobernadas, pero todas las dificultades de esta transición podrían finalmente valer la pena. Puede que nos lleve a una democracia más directa, auténtica y participativa, y ese probablemente sea un paso necesario en el camino a crear una democracia sostenible.

4. Conclusión

En este ensayo he tratado de describir con algo de detalle cómo sería una vida de simplicidad radical, y he querido sugerir que la simplicidad radical no sería tan mala si la transición se anticipase y negociase con sentido común. De hecho, el subtexto de este ensayo ha sido que una transición así incluso nos vendría bien, aunque arriba sólo he intentado demostrar algo menos ambicioso – que simplemente no sería tan mala.

Como revisión, los elementos de simplicidad radical que he señalado arriba incluyen: tener sólo 50 litros de agua limpia al día, usar un baño de compost; producir comida en todo el espacio disponible y tener menos variedad de comida y más cara; consumir alrededor de un tercio de la electricidad que hay ahora y soportar apagones regularmente; no comprar más ropa; usar sólo transporte público o bicicletas para movernos y no volar nunca; arreglárnoslas sin mucha de la tecnología actual, como móviles, aspiradoras, microondas, aparatos de música, lavavajillas, secadoras; y posiblemente también lavadoras, ordenadores y neveras. Dejar de ver la televisión y no tener tiempo para el Facebook; tener pocos o nulos ingresos para gastar en bienes y servicios no esenciales; y, finalmente, soportar la ausencia de muchos servicios públicos que hoy día damos por sentados.

Sin duda, si el “consumidor” occidental normal de repente se encontrase en esta situación de simplicidad radical, se sentirían mucho más empobrecidos y sufrirían por ello. Pero si la gente aceptase que el sentido de la vida no es simplemente consumir bienes materiales, entonces la simplicidad radical no debería ser un obstáculo para vivir una vida feliz y plena. Dado que el consumo es una práctica social, en cualquier caso, podría ser tremendamente difícil adoptar voluntariamente la simplicidad radical antes de las imposiciones externas, pero ahora tenemos razones más que suficientes para movernos en la dirección de la simplicidad radical y tratar de arrastrar al resto de la sociedad con nosotros (Alexander, 2009, 2010; Alexander y Ussher, 2012).

Puedo preveer al menos dos objeciones a mi análisis, una de los optimistas y otra de los pesimistas. Desde la perspectiva optimista, la gente podría decir que mi análisis viene de una visión demasiado agorera; que la probabilidad de que la simplicidad radical sea impuesta en el mundo desarrollado por una especie de Gran Colapso es tan baja que no necesitamos preocuparnos con experimentos mentales como el mío. Esta objeción asume que siempre tendremos comida suficiente, agua, electricidad, tecnología, ingresos y servicios públicos para vivir al nivel de vida actual. Mi respuesta para estos optimistas es que nuestro planeta ya está pasándolo mal para soportar los impactos de mil millones de “consumidores”, y que la idea de que este modo de vida pudiera ser globalizado a nueve o diez miles de millones de personas en las próximas décadas (lo cual parece ser la meta del “desarrollo”) es peligrosamente irreal e incluso absurda. En algún momento nuestros ecosistemas declararán sus “límites al crecimiento” y de hecho ya están en proceso e hacerlo (Meadows et al, 2004).

Las próximas décadas no van a ser como las últimas, y si el mundo desarrollado no se mueve voluntariamente a un modo de vida menos orientado al consumo, podría parecer razonable esperar que este modo de vida nos fuera impuesto involuntariamente. Es sólo cuestión de tiempo. Es más, incluso si la simplicidad radical no llega en nuestro tiempo de vida (o nunca), espero que el exprimento mental anterior pueda haber traído un poco más de perspectiva hacia nuestra relación con el mundo material. Cuando miramos más de cerca a nuestras vidas (Burch, 2012) podemos descubrir que la riqueza es mucho menos importante de lo que habíamos pensado, y que las mejores cosas en la vida son gratis.

Desde la perspectiva pesimista, una objeción a mi análisis podría ser que un Gran Colapso nos espera realmente, pero que los impactos serán mucho más trágicos de lo que yo he descrito. En otras palabras, se podría objetar que he idealizado la simplicidad radical, y que esta en realidad significa sufrir, sencilla y llanamente. Esta objeción, sin embargo, se basa en un malentendido de mi proyecto. Entiendo muy bien que un Gran Colapso podría suceder de varias maneras, incluyendo la probabilidad de que la hambruna, enfermedad y violencia llevasen a la pobreza y muerte generalizadas. En estas circunstancias, por supuesto, no habría vuelta de hoja, y ciertamente se podría haber escrito un análisis mucho más siniestro. Pero yo desde el principio he distinguido la simplicidad radical de la pobreza, y no he intentado pintar la pobreza real de color de rosa. Nadie quiere tener frío, hambre o estar enfermo. La simplicidad radical, sin embargo, como yo la he descrito, significa un modo de vida seguro pero biofísicamente mínimo, y mi propósito ha sido defender la tesis de que la vida no sería tan mala si nos viésemos sin la mayoría de las comodidades de la vida de clase media, siempre que nuestras necesidades básicas estuvieran cubiertas.

En conclusión, la visión del mundo descrita anteriormente viene de una concepción muy particular de lo que significa ser humano. Plantea la pregunta, ¿qué es lo que hace que merezca la pena vivir?, y responde esa pregunta diciendo: “Algo más que el consumo sin límite de bienes materiales”. El consumo de por sí no satisface nuestro deseo universal de vivir una vida plena, y cuanto antes se dé cuenta de esto el mundo, mejor será para todos y para el planeta.

Si no elegimos aprender esto, tarde o temprano nos lo enseñarán.

Referencias:

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