Centro de Resiliencia de Aranjuez

Análisis y recursos eco-sociales de adaptación para la transición del siglo XXI

El retorno al equilibrio: Parte 4 – Alimentos


Este trabajo es una recopilación de entrevistas que pretenden, en estos momentos tan complicados, verter un poco de luz sobre las incógnitas que nos plantea el futuro. Hablaremos de los aspectos más básicos de nuestra vida, y lo haremos desde el punto de vista de dos de los fenómenos que, en mi opinión, tendrán más peso sobre ella: la crisis de recursos naturales y el cambio climático. Por Quin Nogueras.

Parte 1 Parte 2 Parte 3 Parte 4 Parte 5 Parte 6 Parte 7

MARTA RIVERA FERRE

Doctora en veterinaria, investigadora del Centre de Investigació en Economia y Desenvolupament Agroalimentari, especialista en sociología de la alimentación.

¿Qué impactos se espera que tenga el cambio climático sobre la producción agrícola?

No es una respuesta fácil. El cambio climático es un proceso complejo y existe todavía mucha incertidumbre. No sabemos exactamente cuál va a ser la evolución de las emisiones de CO2 y de sus concentraciones, ni sabemos cuántos grados subirá la temperatura. Las predicciones se basan en escenarios y modelos, y no hay ninguno que sea capaz de abarcar toda esa complejidad. Lo que sí está claro es que se incrementarán las temperaturas y que se alterará el patrón de lluvia, esos serán los cambios más fundamentales.

Respecto a cómo afectará eso a la productividad de las plantas, es fundamental diferenciar entre el sistema de agricultura industrializada, que es el que tenemos aquí en España, y la agricultura campesina. La agricultura industrial se basa en la aplicación de tecnología, maquinaria y añadidos químicos. Se usan semillas mejoradas genéticamente, abonadas con fertilizantes químicos y tratadas con pesticidas, en un sistema de monocultivo. El problema es que esas semillas son muy dependientes de unas condiciones químicas y climáticas concretas. Cuando esas condiciones cambien la semilla híbrida va a tener muchos más problemas para adaptarse que la semilla autóctona, que está acostumbrada y se ha desarrollado siempre en ecosistemas inestables.

Por otro lado, aunque el aumento la concentración de CO2 se supone que puede incrementar las producciones, mediante lo que se llama el efecto de “fertilización” del CO2, este gas también facilita la aparición de plagas, cuan lo cual la mejora en la productividad puede verse mermada, y como las plagas atacan fundamentalmente los monocultivos, en ese sentido también se verá más afectada la agricultura industrial que la campesina.

¿Qué efectos se prevén como consecuencia de la crisis energética?

La agricultura industrializada tiene varias características fundamentales, una es su gran dependencia de recursos externos que necesita para producir, y que implica fertilizantes, que requieren un consumo de energía fósil importante, mientras que la agricultura campesina, al utilizar lo que se conoce como abonos verdes o las heces de los animales, en ese sentido es mucho más autosuficiente.

Respecto al uso de energía por la propia actividad agrícola, la agricultura campesina como tiende hacia la localización también puede ser más autosuficiente si cada granja puede producir la energía que consume, como ocurre con los molinos en Holanda, y de esta manera depender menos de las grandes corporaciones energéticas.

Por otro lado una gran parte de la agricultura industrializada está orientada a la exportación. En un contexto de crisis energética basar tus ganancias en una exportación que en un momento dado puede verse comprometida, no tiene mucho sentido. En cambio, la agricultura campesina está centrada fundamentalmente en lo que se conoce como “circuitos cortos de comercialización”, es decir, se dedica básicamente a abastecer a las poblaciones cercanas, con lo cual en una situación de reducción de energía fósil para transporte se vería mucho menos afectada.

Una de las grandes diferencias entre la agricultura industrial y la agricultura campesina es su objetivofundamental: el de la agricultura industrial, que también se puede llamar agricultura capitalista, es la explotación y acumulación, mientras que el de la agricultura campesina es la reproducción del propio sistema. En la agricultura industrial si tú agotas los recursos de un sitio concreto, como ocurre con la soja, te marchas a otro sitio y repites el proceso. La agricultura campesina tiene por objetivo la sostenibilidad del ecosistema porque de ello depende su propia sostenibilidad. Por esta razón resistirá una escasez de recursos externos mucho mejor que la industrial.

De entre todos los factores necesarios para la producción agrícola ¿a cuál somos más vulnerables aquí?

Principalmente somos vulnerables a la escasez de agua y de fósforo. El agua es un bien público pero se puede privatizar en cualquier momento, como quería hacer Esperanza Aguirre con el canal de Isabel II. Por lo tanto, la complejidad del problema no viene tanto por el elemento en sí, sino por las decisiones políticas que se tomen al respecto, que facilitan que se vaya hacia una dirección o hacia otra.

El problema del fósforo es menos conocido por la gente, pero tiene mucha importancia a nivel global. De fósforo hay sólo un par de reservas en todo el mundo, la más importante en territorio saharaui, y de ahí uno de los problemas que existen con ese territorio. Fundamentalmente la cuestión es que los fertilizantes químicos se basan en nitrógeno, fósforo y potasio: nitrógeno hay mucho, potasio bastante, pero fósforo prácticamente no queda. Si no hay fósforo no se puede producir fertilizante, y sin éste la agricultura industrial es incapaz de producir.

Además, la utilización del fósforo que hace nuestro sistema agrícola es bastante ineficiente, gran parte de este elemento se pierde, con lo cual tenemos un problema de contaminación de las aguas por fósforo muy importante. La ganadería también produce grandes excedentes de fósforo, porque los animales excretan la mayor parte del que ingieren. La situación actual es que tenemos la ganadería hacinada en un sitio (contaminación por fósforo) y la agricultura hacinada en otro (defecto de fósforo).

La solución a este problema pasa por basarse en el sistema campesino de toda la vida, donde las necesidades de fósforo que tienen las semillas tradicionales es muchísimo menor que las semillas mejoradas, y donde se recicla el fósforo dentro de la misma finca, dentro del propio ecosistema, mediante el uso de abono verde (cultivos de vegetación rápida, que se cortan y se entierran en el mismo lugar donde han sido sembrados) y el aprovechamiento de las heces del ganado.

¿Cree que mediante agricultura campesina España puede ser alimentariamente autosuficiente?

Nosotros sí podemos, pero habrá otros territorios que lo tendrán mucho más difícil, por ejemplo Japón. Nosotros tenemos territorio de sobras y hemos reducido mucho la superficie agrícola que teníamos antes dedicada a los cultivos. La agricultura tradicional es menos eficiente en la productividad medida en Kg por hectárea de un sólo producto, pero en cantidad de alimento, como trabaja a base de policultivo es mucho más eficiente. Lo importante es tener como objetivo la alimentación de la población, no el mero hecho ganar dinero con la producción agraria, obviamente garantizando un sueldo y una vida digna a la gente que produce alimentos, cosa que hoy en día el modelo industrial tampoco asegura.

¿Piensa usted que este cambio de modelo es posible? ¿Qué medidas debería llevar a cabo la administración para favorecerlo?

Sí es posible. Lo que pasa es que para que un modelo cambie tiene que haber primero una transformación social. Es decir, el modelo que tenemos ahora es producto del propio sistema socio-económico, no es independiente del mismo. La administración ahora está fomentando el tema de la localización de los alimentos, los circuitos cortos de comercialización, pero no propone un cambio de base.

Si la administración se decidiera a apostar realmente por el bien común, y no el de unos pocos, en ese escenario y para desarrollar actuaciones específicas, deberíamos contar en primer lugar con los agricultores y agricultoras que tienen experiencia en la agricultura tradicional, que son los que ahora mismo están discriminados. Por otro lado quitar todas las trabas que tiene ahora mismo la agricultura ecológica, incluyendo las certificaciones sociales, que es el sistema que se usa por ejemplo en Brasil, donde los propios consumidores hacen la auditoría y certifican que el productor cumple una serie de criterios de sostenibilidad social, ecológica, etc. En tercer lugar favorecer los mercados de payés y las tiendas de alimentación de barrio, donde la gente puede tener un contacto más directo con el productor, en detrimento de los supermercados, que aplican una diferencia del 200-300% en el precio final respecto lo que pagan a los agricultores, e imponen unas condiciones que solamente la agricultura industrial puede cumplir. Otra medida sería permitir que los agricultores tradicionales puedan volver a realizar su libre intercambio de semillas, lo que había sido la base para la promoción de la agro-biodiversidad.

Algunas voces defienden que los biocombustibles ofrecen una salida económica a muchos agricultores del tercer mundo. En un entorno de encarecimiento prolongado de los combustibles fósiles, ¿cree usted que podemos sufrir un conflicto entre los cultivos alimentarios y los energéticos?

Primero de todo, si nosotros queremos ayudar a los países en vías de desarrollo tendremos que anular la deuda externa, todo lo demás son hipocresías. No se puede hablar de cooperación al desarrollo o de potenciar sectores exportadores, cuando tienes una gente que está pagando por el servicio de la deuda un 20-30% de su PIB y que no puede dedicar esos recursos a salud o educación.

Los biocombustibles son una trampa para el tercer mundo y también para el primero. Estos cultivos, y la biomasa en general, son una opción a valorar dentro de lo que son las posibles energías renovables, siempre y cuando su escala sea local. Si la producción de biocombustibles es para una escala global, estará controlada por una gran empresa, y no por los pequeños campesinos.

¿Todavía estamos a tiempo de empezar a hacer las cosas bien?

Pienso que sí, pero el cambio tiene que venir desde abajo. La gente tiene que creer en el cambio, si no siempre dependeremos de los intereses de la administración y de la influencia de los medios de comunicación. Otra cosa es que el gobierno preste su apoyo, lo cual es importante porque permitiría acelerar el avance.

En mi opinión, la agricultura campesina, podría seguir produciendo alimentos en un contexto de crisis climática y energética, pero para ello hace falta que la apoyemos. El campesinado nos ofrece, además, la posibilidad de fomentar y participar en una transformación social hacia un mundo más justo y equitativo. Yo creo que hoy día ya existe una masa crítica suficiente para poder pensar en este cambio.

———

Aquellos que estéis interesados ​​en una descripción más exhaustiva y completa del problema de los recursos energéticos y el calentamiento global, podéis consultar mi anterior trabajo: “Energía y clima: descubriendo los límites”. Se puede descargar en: http://goo.gl/Bdp01

También podéis contactar conmigo a través del correo: quimnr(arroba)gmail.com y en el Facebook quim nogueras.

Por gentileza de Quin Nogueras

Fotos añadidas por Fernando Valdepeñas CSA Editor.

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